Tom Deininger acumula todo tipo de desechos y los coloca estratégicamente creando increíbles imágenes que no dejan nada a la imaginación. Este increíble artista americano usa el reciclaje como medio de expresión.
Su obra, a medio camino entre el cuadro y la escultura, son instalaciones gigantes compuestas de miles de pequeños objetos encontrados: plásticos, juguetes abandonados, cables, tapones y cualquier otro objeto desmontable que le puedan servir. Así, sus obras reflejan los problemas derivados del consumo y el deterioro del medio ambiente.

En 1994 y tras un largo viaje por el mundo, Deininger empieza a ser más crítico con la sociedad capitalista de consumo que produce y desecha millones de objetos inútiles que la gente compra sin parar y que, objetivamente, no sirven para nada. En ese momento se empieza a gestar esta relación de amor odio con los objetos que se encuentra y que usará como el catalizador de sus experimentos artísticos.

Hoy, Deininger es un artista reconocido y valorado, y sus obras se han convertido en un instrumento para concienciar sobre el reto de la sostenibilidad medioambiental y en una denuncia de los excesos de la sociedad de consumo. Quizá porque es padre se obliga a ser optimista y a pensar que «podemos hacerlo mejor». Insiste en que «la gente tiene que percibir primero el problema» y que él, a través de su trabajo, «es sólo una pequeña voz más sonando en ciertos oídos».